sábado, 21 de abril de 2012

EL CAPITALISMO NO SE REFORMA, SE DESTRUYE


EL CAPITALISMO NO SE REFORMA, SE DESTRUYE


Soplan vientos de cambios. No hace mucho que la sociedad burguesa se vanagloriaba a sí misma como el mejor de los mundos posibles y reducía toda contestación social a algo meramente marginal. Hoy, esta sociedad basada en la explotación de una clase sobre otra y en la depredación de todo recurso planetario en favor de los números económicos, vuelve a ser cuestionada -aunque sea de forma embrionaria- en todos lados. La agudización de todas sus contradicciones es algo que reemerge irremediablemente en el seno de este sistema social.

El capital aprieta hoy hasta límites insoportables al proletariado, le obliga a sacrificar su vida a los altares del beneficio capitalista, tirándolo a la basura si no le es útil en su sistema productivo, le exprime al máximo aumentando los niveles de explotación en el trabajo, le niega las necesidades más elementales, como son la vivienda y la comida, si no cumple con las leyes económicas, le masacra si es necesario y destruye el medio en el que puede desarrollarse la vida: la Tierra.

En este contexto intrínseco al capitalismo el proletariado vuelve a salir a la calle, pues le va la vida en ello. Atrás se va dejando ese terrible periodo histórico de paz social cimentado en la derrota de las luchas sociales internacionales de las décadas de los 60'-70'. Hoy como ayer no hay otra perspectiva para la vida que no sea la revolución social. Las revueltas que han estremecido recientemente a Grecia, al norte de Africa o Chile son los prolegómenos que anuncian el retorno de la lucha de clases, pese a quien pese .

Frente a esta perspectiva toda una serie de ideologías y organizaciones actúan en el seno de nuestra clase con el objetivo -consciente o inconsciente, eso es indiferente- de neutralizar toda tentativa de transformación social. El reformismo de toda la vida, materializado de múltiples formas, trata de transformar nuestras reivindicaciones en simples reformas al interior del capitalismo, trata de que respetemos los cauces democráticos y de que seamos pacíficos ciudadanos, como si pudiéramos permitirnos ese lujo, trata de aislar a los sectores más decididos utilizando todo tipo de argumentación, trata en definitiva de destruir la lucha desde dentro e impedir que se organice la única solución a nuestros problemas: la destrucción del capitalismo. Perpetuar esta sociedad y sus inseparables consecuencias e impedir afirmar nuestras necesidades, esa es la esencia del reformismo.

Las protestas que se iniciaron el 15 de mayo se enmarcan sin duda alguna en el contexto de reemergencia de la lucha de clases. Su virtud ha sido la de organizarse al margen de los partidos y de los sindicatos, meros aparatos de gestión del capitalismo, pero por contrapartida ha sido incapaz de deshacerse de las principales concepciones del reformismo. Cuando además oímos desde el “15M” que el problema es el enriquecimiento desmesurado de los bancos y no la existencia de esos monstruos, cuando leemos en algún textos que hay que acabar con la corrupción de los políticos y no con ellos, cuando en las asambleas alguien habla que la cuestión es la mala regulación del mercado y no el mercado, o cuando en las manifestaciones se grita contra la falta de democracia y no contra la democracia misma, estamos asistiendo al proceso de liquidación de toda oposición real al sistema dominante. Llegados a este punto, o se asume e intensifica la lucha contra el reformismo, contraponiéndole la praxis que defiende realmente nuestras necesidades, impulsando la ruptura revolucionaria, o el “15M” acabará por convertirse en la caricatura de la rebelión y en un movimiento de canalización y destrucción de toda oposición real al capital. En este último caso será lanzado también al basurero de la historia por la nueva oleada de luchas que se va abriendo paso.

Nuestra lucha no es contra los excesos del capitalismo, sino contra el capitalismo

El capitalismo no se reforma, se destruye.
El reformismo no se elude, se combate.


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